Existe un fuerte vínculo entre la gestión
de los desastres y la planificación para el desarrollo:
motivadas por los mismos problemas básicos, ambas
tratan de hallarles soluciones apropiadas. Las causas
de los desastres incluyen la pobreza, las economías
frágiles, los desplazamientos demográficos,
la urbanización, el deterioro ambiental y la
falta de instituciones sociales eficaces. Estos son
los mismos retos que las políticas de desarrollo
procuran abordar. La resolución de estos asuntos
por medio de un desarrollo sano debería, por
lo tanto, llevar a una disminución del riesgo
y la vulnerabilidad general de la población.
Resulta paradójico, por ello, que las políticas
aplicadas para resolver los problemas del desarrollo
a menudo agravan la frecuencia y el impacto de los desastres.
Esta contradicción se debe con frecuencia a
la aplicación de análisis errados por
parte de los planificadores, lo que lleva inadvertidamente
al diseño y la implementación de políticas
inapropiadas. Estas políticas se diseñan
comúnmente con base en la situación existente
y procuran resolver lo que se percibe como un problema
inmediato, sin prestar la atención adecuada a
sus orígenes históricos: el escaso desarrollo
de las zonas rurales, la economía del monocultivo,
y el subsidio que brindan los trabajadores rurales a
los residentes urbanos. Ello ha llevado al abandono
de las zonas rurales en pos de los espejismos de la
capital. Desafortunadamente, si estos factores históricos
no se toman en cuenta, la situación simplemente
se sigue deteriorando año tras año pese
a los mejores esfuerzos del Gobierno.
Al tratar de abordar este problema, las autoridades
a menudo crean proyectos de generación de empleo
urbano, sin prestar la debida atención a las
raíces del problema. Al tratar de responder a
él de manera aislada, se crea la percepción
de que existen mayores oportunidades económicas
en las ciudades, lo cual acelera la migración
para huir de la pobreza rural. Aquellos que permanecen
en las deprimidas zonas rurales, entretanto, aplican
prácticas de subsistencia que involuntariamente
incrementan la vulnerabilidad general de su comunidad.
Por ejemplo, la corta de árboles en las laderas
y riberas para obtener leña incrementa la sedimentación
en las quebradas, ríos y canales de drenaje,
aumentando tanto la severidad como la frecuencia de
las inundaciones.
Para el gestor de desastres, la migración masiva
del campo a la ciudad tiene múltiples impactos.
Primero, despoja a las zonas rurales del liderazgo requerido
para desarrollar programas de gestión de desastres.
Segundo, aumenta la vulnerabilidad de la población
urbana que, enfrentada a una mayor competición
por empleos y bienes raíces, se ve obligada a
residir en lugares inseguros.
La preparación comunitaria
para los desastres en el contexto del desarrollo nacional
Desafortunadamente, muy pocos gobiernos han encarado
seriamente la necesidad de un desarrollo integrado que
alivie los problemas de las áreas rurales y reduzca
la vulnerabilidad de la población tanto rural
como urbana. Y esta situación se torna más
grave conforme los Estados encuentran más y más
difícil satisfacer las necesidades de su creciente
población. Según este libreto, la gestión
de los desastres y el desarrollo comunitario terminarían
sacrificados en el altar de las políticas nacionales,
al percibirse que no contribuyen al desarrollo económico
de la sociedad.
Es
en estos términos que debe examinarse el papel
de la preparación comunitaria para desastres
en el contexto general del desarrollo nacional. La preparación
debe verse como la llave que abre la puerta al desarrollo
comunitario eficaz. Este se puede alcanzar vinculando
los preparativos para desastres a las actividades cotidianas
de la población y sus problemas de desarrollo,
los cuales pueden incluir la inseguridad en la tenencia
de la tierra, los bajos precios de los productos agrícolas,
los altos costos de los insumos, las elevadas tasas
de desempleo y subempleo, la delincuencia rural, la
escasez de servicios, la falta de vivienda adecuada
y la carencia de un entorno educativo apropiado para
los niños. En el Caribe anglohablante se ha visto
que varios de estos problemas pueden encararse con éxito
cuando la comunidad trabaja estrechamente con organismos
como la Cruz Roja, otras organizaciones no gubernamentales,
el Gobierno y el sector privado.
La preparación comunitaria para desastres no
debe verse, por ende, como una actividad meramente de
formación. También puede servir como un
foro eficaz para unir a la comunidad frente a problemas
existentes y sentar las bases para que ésta asuma
la responsabilidad por su propio desarrollo. Una parte
integral del programa, es la creación de comités
locales de gestión de desastres y su eventual
evolución hasta convertirse en comités
de desarrollo comunal. Esto se está logrando
en el Caribe con la guía y colaboración
de sociedades de la Cruz Roja, ministerios de Gobierno
y entidades de la sociedad civil.
Tal evolución ofrece la mejor oportunidad para
garantizar la continuidad de las actividades de preparación
para los desastres en el plano comunitario. Conforme
los comités preparan e implementan planes de
desarrollo, la preparación para los desastres
sigue siendo parte integral de estos. Por ejemplo, la
decisión de mejorar la calidad actual de las
viviendas podría plantear de manera automática
la cuestión de las normas de construcción
segura e involucrar a los inspectores gubernamentales
de edificaciones en el sector de la vivienda informal,
un terreno que antes se hallaba fuera de su responsabilidad.
Al pensar de esta manera, el comité local deja
gradualmente de pensar en la preparación para
los desastres como una actividad aislada y comienza
a verla como una parte importante de la vida cotidiana.
Al trabajar para fortalecer tales comités, las
organizaciones no gubernamentales y los organismos de
desarrollo también establecen una presencia creíble
en la comunidad y sientan las bases para la expansión
de sus actividades tradicionales.
Este enfoque puede tener un efecto multiplicador significativo
al garantizar la persistencia de la preparación
para los desastres en el ámbito comunal, potenciando
a la comunidad, generando un sentimiento de apropiación
del programa y fortaleciendo los vínculos comunitarios.
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